La escobilla y la artesa.

Hoy me puse a conversar un rato con mi abuela, que tiene 68 años. Estabamos mirando un programa de la gente aislada en los glaciares del sur, en donde practicamente el tiempo se ha detenido y las personas aún viven sin adelantos tecnológicos tan obvios para quien vive en la zona del centro, como por ejemplo: la electricidad y el gas. Con todo lo que eso implica. Es decir, no hay lavadoras, no hay hervidores electricos, no hay televisión, para que hablar de computadores e internet… no hay practicamente nada de lo que estamos acostumbrados a vivir.

Y ahí viene la frase que me inspiró a escribir este posteo en el blog:

Y como yo hijo?? Que me acostumbré y lavé casi toda mi vida con escobilla y artesa??

Chuta… y yo me complico en meter un par de poleras a la maquina lavadora apretar un par de botones y despues sacarlo todo listo para meterlo a la secadora, porque claro, ahora el niño ni siquiera ocupa el tendedero, el asunto es con secadora.

Y mi abuela toda su juventud peleando con una artesa de madera, para mantenerle la ropa limpia a mi mamá a sus dos hermanas y a mi tata.

Me contaba que despues de los días que lavaba (aveces 2 veces por semana), en la noche la parte de los nudillos le sangraba de tanto escobillar, pq claro, se usaban los nudillos para cuidar más la ropa, porque la escobilla “percudía” mucho y en esa época la ropa era algo que costaba conseguir, la situación no era buena.

Además me contaba que no quería tener lavadora, porque muchas esposas de compañeros de trabajo de mi abuelo habían muerto electrocutadas con las primeras lavadoras electricas que habían llegado… o sea más encima y como si fuera poco, no era para nada simple, si no que el tema era correr riesgo de muerte si te tecnologizabas.

Y uno?? Se queja porque la secadora no es tan rápida en tener lista la polera regalona pa salir a carretear.

Me dieron ganas de pegarme una patá en la raja a mi mismo.

Trabajo, personas e indiscreción.

Conversando con mi amigo Francisco Campos (en tw: @franciscoecn), salío una frase que me gustó mucho y que quiero compartir con ustedes.

Dijo, que en una conversación con su jefe, un hombre que ya anda por cerca de sus 75, él le dijo:

“El trabajo es una indiscreción para las personas y las personas son una indiscreción para el trabajo”

Me quedé dandole vueltas un rato a la frase y no es más que la pura y santa verdad.

El objetivo de la mayoría de las personas, incluyendome, es disfrutar de la vida. Conversar con sus amigos, tener el anhelado tiempo de relajo, compartir y pasar tiempo con su familia, pasar tiempo con su pareja, mirar el mar, comerse un helado, ir a pasear al mall, salir de vacaciones, comprarse cosas que disfruten, que se yo… ese montón de cosas chicas que uno tiene asumidas como placenteras y que de alguna u otra forma hacen que todo tenga sentido. Sin embargo, el trabajo, el cumplir con responsabilidades, con horarios, responder a superiores, relacionarse con clientes y proveedores… sumergirse en ese horrible mundo de stress, convierte al trabajo en una suerte de obstaculo que uno tiene que superar toooodos los días para así poder disfrutar la vida… lo cual lo convierte en una indiscreción para la vida de las personas, ya que evita que uno desarrolle “su vida” con normalidad.

Pero sin embargo, al menos para mi que ya llevo un rato dando vueltas en el mundo de las empresas y proyectos y que tambien veo como es la vida laboral de la mayoría de las personas que me rodean… resulta que las personas son una indiscreción para el trabajo.

El objetivo principal de todo trabajo es que sea hecho con la mayor calidad, en el menor tiempo y con la menor cantidad de recursos obteniendo los mejores resultados posibles.

Y uno de los grandes talones de aquiles para que se cumplan esas condiciones, son las personas… las personas (y que se entienda que me incluyo tambien en este grupo) tienen problemas, las personas se enferman, las personas no tienen un sentido de responsabilidad, les falta compromiso, no se complementan bien con sus equipos de trabajo, hacen las cosas a medias, dejan trabajo para despues, acumulan y picotean trabajo de un lado y de otro… haciendo que todo lo que pueda ser buena calidad, poco tiempo, pocos recursos y buenos resultados, se vaya a las pailas.

Me quedé dando vueltas un poco más en el asunto y ver si es que había alguna forma de que esto mejorara, cambiarlo, poder moldearlo de alguna manera y hacer que mi vida no sea una indiscreción para el trabajo y que el trabajo no sea una indiscreción en la vida.

Y no la hay… no hay forma…

Solo hay placebos, soluciones parche… que incluyen frases como “el trabajo es parte de mi vida…”, claro… no te queda otra. Pero te apuesto que si te pagaran lo mismo o más por no hacer nada, feliz te dedicarías a dejar esa parte de tu vida botada y priorizar otra.

Y por otro lado, el trabajo está perdido, no hay forma de rescatarlo de la “inoperancia tácita” de las personas… un jipi que vivió hace unos 2000 años atras y que ahora tiene la cachá de seguidores, dijo: “Siempre habrá pobres y habrá pobreza.”

En este caso lo podríamos adaptar a que en el trabajo… “siempre habrá personas y habran problemas.”

Cuando yo era joven.

Extraño esos tiempos en que uno estaba en internet y se vivía la adrenalina de no saber como era la persona con la persona que estabas conversando…

No habían fotos, vídeos y todo giraba en torno a la confianza y a la chance 50/50 de encontrarte con el amor de tu vida, o con un gordo cuarentón que te quería violar.

Uno ahora no conoce gente nueva on-line, si no lo único que se hace es mantener contacto con la gente que ya conoces.

Reconozco que aún mantengo contacto y converso con gente que conocí en esa época de mera confianza en un desconocido… y resulta que habían gordos violadores que resultaron ser súper buenas personas.

Ahora, si quieres empezar una conversación con alguien que no conoces en facebook te miran casi como un psicópata.

Atrás quedaron los nicknames… si usas uno ahora, eres casi un bicho raro.

Lo bueno del asunto es que fomenta a que las personas se conozcan primero por algún azar o referencia más cercana. Y esta cultura, hace que de la nada saquemos el valor de empezar una conversación con un:

“Hola!… como te llamas??” dicho con nuestros propios labios.

Es eso… o morir virgen.